El cambio interior: ahora o nunca.

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Por Pablo Nicolai.
Si abordamos la cuestión del cambio en nuestro mundo interior, en la dimensión psicológica, es decir, en cuanto a lo que sucede en nuestro ser, en nuestra mente, necesariamente hemos de considerar la naturaleza del ‘tiempo psicológico’ y el ‘condicionamiento del pensamiento-yo’ que este tiempo supone, lo que en definitiva constituye lo repetitivo y lo rutinario y cuya tendencia y dominio es aquello que se puede cambiar.
En este sentido, resulta evidente –si lo comprendemos- que el ‘tiempo psicológico’ sólo existe como una ‘irrealidad’, es decir, como una idea, noción o proyección mental, pues se refiere a la ‘memoria’ y a la ‘creencia’ sobre lo que se ‘es’ o a la ‘pretensión’ de ‘llegar a ser’, en lo cual se mezclan las consideraciones de lo que suponemos que es, lo que deseamos que sea y lo que estimamos que debería ser. Todo esto como pensamiento ‘personalizado’ o ‘yo’, esto es, como la idea que nos hacemos de nosotros mismos y de cómo somos o hemos de ser o no ser. De modo que ese ‘yo’ creado por el ‘pensamiento’, esa idea cargada con todas estas connotaciones y características que se le atribuyen, es tan sólo una ‘abstracción’ con la que nos identificamos o confundimos, la cual tendría una historia y un plan de desarrollo trazado por el mismo pensamiento, por la mente condicionada por el pasado que se proyecta sobre el presente y también como futuro. Se trata así siempre de un ‘ideal temporal’ –que mentalmente viene del pasado, pasa por el presente y se dirige al futuro-, lo que no es sino ‘pensamiento-tiempo’ e ‘identidad’ y, además, la sensación de ‘yo’ o de lo ‘mío’ derivada de la identificación con la memoria proyectada a través del pensar. Vale decir que todo ello se resume en un ‘proceso de abstracción’ y en una mera entidad ideal ‘intelectualmente forjada’ con lo cual nos identificamos, una ‘auto-imagen’ o una ‘noción ideada’ con la cual nuestro ser se confunde. Pero todo esto es precisamente lo ‘irreal’, lo fantasioso, pues nada de ello es realmente existente.
De modo que tanto el ‘yo’ como el ‘tiempo psicológico’ al que se vincula, no existen sino en el pensamiento que pensamos, pero ambos no son sino abstracciones, recuerdos y ambiciones del propio pensamiento. Sin embargo, al ‘identificarnos’ o ‘confundirnos’ con dicho ‘pensamiento-yo-temporal’ creemos y deseamos ser un ‘ente temporal’, una ‘identidad’ que se ‘realiza en el tiempo’. Entonces, nuestro vivir obviamente se ‘condiciona’ conforme a ‘patrones de pensamiento’ preestablecidos y relativos a ‘experiencias’ y a ‘objetivos’ personales que alimentan esa noción o idea (ente o identidad) a la que nos aferramos. Y en la medida que no rompemos con esos ‘patrones’ y continuamos ‘identificados’ con el pensamiento, cualquier cambio que se propicie desde allí será sólo una proyección más en el marco limitado e ideal del ‘yo’ y el ‘tiempo psicológico’, por lo cual no será nunca un cambio real, pues sea lo que sea que se haga bajo su dominio seguirá refiriéndose a ese mismo ‘yo’ y se relacionará con un ‘tiempo’ que no existe. Para decirlo de otra forma: dicha pretensión de cambio será tan sólo ‘otra idea’ más del ‘pensamiento-yo’ a realizarse en un ‘tiempo’ que no es real. O diciéndolo de otro modo: como no existe el ‘yo’ ni el ‘tiempo psicológico’ -sino que sólo se trata de ideas y pensamiento-, no es realmente posible que se cambie lo primero en el transcurso de lo segundo.
El ‘pensamiento’, el ‘yo’ y el ‘tiempo psicológico’ constituyen un solo y mismo proceso que nos dice o nos quiere convencer de que cualquier cambio en uno mismo requiere de ‘tiempo’. Pero esto es una engañifa, dado que todo sucede en el ‘momento presente’ y el único cambio real que puede tener lugar en uno mismo, en la propia mente y en la cualidad de ella, sólo puede suceder en el instante actual, en el ‘ahora’. El cambio como un hecho es siempre ‘ahora’, en el momento que estamos efectivamente viviendo. Y ese cambio interior –por lo mismo- es real cuando se rompe con el ‘patrón de pensamiento’ del ‘yo’ y del ‘tiempo psicológico’, porque si no se produce un cambio allí, y en el presente, sólo hay continuidad del pasado pretendiendo ser algo diferente en el desarrollo de un tiempo que no existe.
Por ejemplo, si soy envidioso y digo que dejaré de serlo, que evolucionaré psicológicamente en el tiempo, eso no es real, sino sólo postergación ideal, porque no se realiza ahora. En cambio, si percibo la envidia cuando ocurre y en el mismo acto de percibirla como tal, comprendiéndola, siendo la envidia, sin postergación, división ni evasión, sin escape temporal alguno, se produce una mutación, entonces eso es real, el cambio efectivamente se realiza. Por eso, ‘realmente’ no hay tiempo para cambiar, porque el momento crucial del descubrimiento de lo que no es y de lo que es, de lo que muta, de lo que cambia, siempre es y tiene lugar –como no puede ser de otra forma- en el presente activo, siempre es y se realiza en el momento en el que de hecho ocurre. Esto quiere decir que en lo que se refiere a nuestro vivir, a cómo somos, a lo que nos domina o no –a lo que sucede en nuestro mundo interior-, ese cambio sólo es posible en el acto del presente, porque el ‘cambio real’ no puede suceder en un ‘yo’ y un ‘tiempo’ inexistentes, sino siempre en el momento actual y en el que todo se está presentando, y dado que lo que sucede entonces es simple y directamente lo que sucede –lo que efectivamente se ‘realiza’-, entonces el cambio interior no admite postergación alguna. El cambio ‘es’ o ‘no es’, no requiere tiempo. El cambio en uno mismo de lo condicionado -y del pasado proyectándose mentalmente en el presente- se verifica o no en lo inmediato, no mañana ni en el futuro: el cambio interior es ‘ahora, o nunca’.